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jueves, 1 de noviembre de 2012

Mierda y muertos.

Una semana de virus y te quedas con las defensas bajas, con dos kilos menos y  la guardia baja. Esperas que algo positivo ocurra, pero no es así. Entre platos de arroz hervido y cagalera nocturna sólo encuentras malas noticias y pasividad. Nadie alrededor grita ¡Basta! Los ciudadanos somos tan políticamente correctos que damos asco, yo me doy asco. Parecemos muertos vivientes que arrastramos pesadas cargas, losas de mármol con nuestro nombre inscrito en latón. Estoy harta de poner siempre cara de buenos amigos, de dar las gracias a un estúpido que se ríe en mis narices porque piensa que está dotado de un poder administrativo extraordinario (...y es un funcionario mileurista que padece los mismos recortes que yo...), de actuar correctamente, de respetar leyes, decretos y reglamentos, hasta los bandos de mi queridisimo alcalde-fascista. Viendo como se las gastan los gobernantes y la impunidad con que actúan dan ganas de hacerse insumisa, a todos los niveles, pero sobre todo insumisa FISCAL. Lástima que la legislación española no contemple ésta figura. Habrá que esperar a que una gran mayoría espabilemos y nos demos cuenta de que tenemos verdadero poder. Podemos pedir que se reforme la Constitución, que se cambien las leyes electorales, que se cambie el sistema de gobierno...mil cosas más, pero mientras no CAMBIEMOS nuestra concepción de lo que significa: sociedad civil ¡Estamos muertos!...

3 comentarios:

  1. Lo he leído como un relato. Tiene un comienzo trepidante; es claro, sencillo y contundente, además con un final adecuado. Excelente.
    Saludos.

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  2. Sí, primero habría que romper esa sensación de inevitabilidad de la que nos hemos/han imbuido a oonciencia. Y luego ser capaces de programar acciones concertadas que engloben a buena parte de la ciudadanía. En mi opinión, los sindicatos no pueden ser los canalizadores. Los veo como instrumentos del pasado y parte del problema. Ha de ser la ciudadanía la que despierte, sienta la necesidad y aprenda a concertarse. No es fácil. Ya no hay tradición -la española se ha transformado en una sociedad muy pasiva-, desconoce las herramientas para hacerlo y el poder le va a poner toda clase de trabas. Parecería imposible sortear semejante cantidad de obstáculos pero la única esperanza es que no hay alternativa. De ahí la necesidad, en primer lugar, de romper esa sensación de inevitabilidad.

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